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Tarragona tiene 11.951 viviendas de la burbuja que nadie quiere comprar

El legado baja un 24%, pero aún quedan casi 12.000 casas sin comprador, sobre todo en el Delta o el Baix Penedès. La provincia tardaría 23 años en deshacerse de ese stock. Hay quien incluso se plantea demoler

Raúl Cosano

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Edificios en Deltebre, acabados en 2012 y aún sin vender. FOTO: Joan Revillas

Edificios en Deltebre, acabados en 2012 y aún sin vender. FOTO: Joan Revillas

Varios edificios de cuatro plantas, a 50 metros del Puente Lo Passador, en Deltebre, al lado del río Ebre. «Vistas espectaculares», dice el anuncio. Son 79 viviendas, con sus plazas de parking y sus locales comerciales. Todo ello, una promoción de obra nueva, en el corazón del Delta pero emplazada en el limbo de lo difícilmente vendible. Se construyó en 2012 y, siete años después, todavía se busca comprador para esos pisos. 

Otro ejemplo en la zona de Eucaliptus-Poble Nou del Delta, en Amposta: un piso de tres habitaciones y dos baños por 60.300 euros. No son bloques a medio hacer, esqueletos del frenesí del ladrillo, sino pisos acabados y puestos a la venta, a veces mediante bloques enteros, a la caza de inversores. En buena parte es herencia del estallido de la burbuja. Tarragona aún no ha absorbido la ingente cantidad de obra que floreció por todo el territorio, pero especialmente en Terres de l’Ebre, en el Baix Penedès y, por extensión, en todo el litoral. 

Una digestión lenta y difícil
Las últimas cifras al respecto son de finales de 2018 y las aporta el estudio sobre stock de vivienda nueva elaborado por el Ministerio de Fomento. A finales del año pasado había en la provincia 11.951 viviendas nuevas sin habitar, legado de los años efervescentes del tocho. Es la cantidad de casas construidas desde 2004 hasta la actualidad, por lo que da fe de la difícil digestión del ladrillo, a pesar de que el stock se ha ido reduciendo a cada año, con esfuerzo, al amparo de los vaivenes económicos y el consumo familiar. Se trata de un descenso del 4%, ya que en 2017 el número de viviendas era de 12.457. En un año, la provincia ha dado salida a 506 pisos de este tipo. Esa media de venta sirve para hacer un cálculo: a este ritmo Tarragona tardará 23 años en deshacerse de ese stock, aunque según los expertos buena parte de él no se podrá vender ni aún bajando mucho el precio.

«Va a depender de la ubicación pero también del precio y de la financiación», cuenta el economista tarraconense Rafael Muñoz, del gabinete de estudios de la Cepta. «En Irlanda, los inmuebles que no se venden se acaban demoliendo. A lo mejor aquí habrá que hacer lo mismo algún día», añade Muñoz, que distingue casuísticas distintas en función del lugar: «En el Delta se construyó pensando en un aumento de ese lugar como polo turístico, hacia el sur. Tanto ahí como en el Baix Penedès, donde hubo un monocultivo de la construcción que ahora ha provocado ese alto índice de paro, será difícil que se venda. Puede haber viviendas irrecuperables». 

Se da una paradoja: hay pisos allí donde no existe demanda y faltan donde sí hay interés en comprar

Altafulla, Torredembarra o El Vendrell forman parte de ese grupo de municipios donde se generó mucho suelo, se urbanizó y se construyó pero esas casas nunca encontraron comprador. «En las zonas turísticas las promociones quizás se puedan reconvertir en apartamentos», cuenta Muñoz. 

A buen seguro habrá promociones irrecuperables, incluso aunque se dé una recuperación económica definitiva. En esa línea opina también Diego Reyes, presidente de la asociación de promotores del Tarragonès: «Las promociones vacías no son una tendencia generalizada, sino que se trata de un stock muy localizado geográficamente, en el interior y en la zona del Delta, pero que no está en línea de demanda». 

Se encuentran también viviendas vacías (y a veces inacabadas) en otros puntos de la geografía como La Canonja, Salou, Els Pallaresos, Constantí, La Pobla de Mafumet, El Morell y El Catllar. «Si en Tarragona no se construye, en esos municipios cercanos se puede ir absorbiendo esa cantidad de vivienda, aunque depende del precio, que va a ser uno de los factores clave», agrega Muñoz. Desde 2012, ese remanente se ha reducido en 3.787 viviendas en Tarragona o, lo que es lo mismo, un 24%, con lo cual la asimilación en los próximos años de ese parque de pisos se antoja lenta. 

Manel Sosa, secretario de la Cambra de la Propietat Urbana de Tarragona, diagnostica la situación y vislumbra impedimentos para comercializar esos restos del delirio inmobiliario: «Mientras no haya una recuperación que genere un aumento de la renta y más estabilidad laboral va a ser difícil que ese stock baje». Sosa cree que «muchos de esos pisos están situados donde la demanda no era ni es excesiva», con lo que se alumbra una paradoja: «Se observa un crecimiento de precios en zonas concretas sin producto». 

Hacia una salida más social
«El stock de viviendas en Tarragona es amplio y heterogéneo, no cabe pensar en él como un solo mercado provincial», explica Eduard Vilaplana, responsable del portal Idealista en Catalunya.  

Este especialista inmobiliario sostiene que «conviven viviendas en el mercado construidas recientemente, o que se venden sobre plano, en zonas con demanda con otras construidas durante los años de la burbuja en lugares en los que la demanda es mucho menor». Vilaplana cree que tardarán mucho más en encontrar comprador aquellos pisos situados «en zonas alejadas de la primera línea de playa y que no estén en núcleos urbanos consolidados».

Daniel Roig, presidente de la Comissió Provincial en Tarragona de la Associació de Promotors de Catalunya, añade: «Está claro que en la provincia tenemos un problema en las Terres de l’Ebre y también en municipios pequeños que no están próximos a grandes núcleos». Roig dice que hay que tener en cuenta también los pisos «que se han alquilado» y que no aparecen en la estadística y también otro factor clave: «Todos los pisos que están ocupados difícilmente se pueden vender. Nadie va a comprar una vivienda así. Sólo lo han hecho los grandes fondos. La ocupación es un problema real y patente que impide que el stock pueda ir bajando. Es un freno a tener en cuenta». 

Roig no cree que haya que acabar derruyendo: «Con los bloques a medio construir, quizás sí haya que demoler en algún momento, pero con lo ya hecho, no. Sería un contrasentido social, cuando hay una demanda de vivienda. Habría que pensar, por ejemplo, en una salida más social para esas localizaciones más problemáticas». 

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