«Se oye el silencio». El confinamiento de los 79.000 tarraconenses que viven solos

Uno de cada cuatro hogares de la provincia es unipersonal y la cifra no ha parado de crecer en los últimos años. Seis relatos nos acercan a cómo se vive el confinamiento sin compañía física

NORIÁN MUÑOZ

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Una mujer hace ejercicio en el balcón. Una de las entrevistadas sigue los ejercicios de un vecino. FOTO:EFE

Una mujer hace ejercicio en el balcón. Una de las entrevistadas sigue los ejercicios de un vecino. FOTO:EFE

En casa no tienen que guardar la distancia de seguridad con nadie y si, incumpliendo todas las recomendaciones, deciden pasarse estos días sin quitarse el pijama, es probable que nadie se lo eche en cara.

Son los que viven solos, una legión de 79.000 personas en la provincia de Taragona, según los datos de la Encuesta Continua de Hogares del Instituto Nacional de Estadística. De hecho, los hogares unipersonales representan un 25% y van en aumento: en apenas cuatro años, de 2014 a 2018, se crearon 3.500 hogares más de estas características. Ya hay más casas donde viven personas solas que parejas sin hijos.

Un poco más de la mitad de los que viven solos en Catalunya tienen menos de 65 años (son el 56,5%). Como curiosidad, en este tramo de edad viven solos más hombres (el 57%). El reparto se invierte al superar los 65 años. Entonces son las mujeres las que constituyen mayoría (72%). Los viudos y, especialmente, las viudas, forman el grupo más numeroso entre los mayores.

Tras días pensando en las familias con niños, es el momento de mirar cómo pasan el confinamiento las y los que viven solos. Recogemos el testimonio de seis de ellos.

Cinta (56): «He hecho deporte de balcón a balcón con un vecino que no conozco»

Cinta vive sola, pero está acostumbrada, por su trabajo, a estar con muchas personas. Tiene, además, mucha vida social, por lo que lo que más está echando de menos estos días es el contacto directo con los amigos. El día que hablamos con ella, no obstante, ha quedado con dos amigas que también viven solas para tomar un vino de manera virtual con una videollamada.

Cuenta que se ha sentido muy arropada porque cada día recibe dos o tres llamadas.

Durante el confinamiento ha descubierto a los vecinos gracias a un patio interior al que nunca se asomaba. Los ve hacer su vida y también aplaudir a las ocho de la tarde, algo muy emocionante teniendo en cuenta que vive en Tarragona cerca del Hospital de Santa Tecla.

Cuenta que una mañana vio a un vecino a distancia que hacía gimnasia. No le conoce de nada, pero los ejercicios que realizaba le parecían de lo más inspiradores. «Se dio cuenta de que lo observaba y me hizo un gesto como diciendo: ‘¡Anímate!’. Estaba atento a lo que yo hacía, porque cuando él cambiaba de ejercicio y yo me perdía, se paraba y volvía a empezar o iba más lento. Al acabar, me hizo un gesto como de ‘guay’». La experiencia de los vecinos de entrenamiento se ha vuelto a repetir alguna vez cuando ella no está trabajando.

Alberto (73): «Llevo 3.000 pasos caminando por casa»

Alberto es un alma inquieta; viudo desde hace poco más de un año, no le encuentra nada de positivo a esta situación.

Cuando conversamos con él ya lleva 3.000 pasos en su caminata de la mañana (por la tarde repite) por su piso del centro de Tarragona. Los pasos se los cuenta el móvil mientras él, a la vez, se afeita con la maquinilla eléctrica.

Jubilado, no está acostumbrado a estarse quieto y se ha quedado también sin las actividades de la Gent Gran Activa que organiza el Ayuntamiento y a las que dedica unas mañanas a la semana. Con el encierro le ha dado por hacer un montón de cosas en casa, como pintar el techo, aspirar los muebles, limpiar la nevera a fondo, organizar los archivos en el ordenador nuevo... Hasta ha llegado a hacer unos garbanzos (de los secos, no de bote), todo un reto teniendo en cuenta que no le gusta cocinar. Mantiene, además, su afición a pintar en acuarela. Habla con las hijas y los nietos por teléfono, pero reconoce que el otro día se emocionó porque se encontró con un vecino en el trastero y estuvo hablando con él un rato guardando las distancias.

Montse (26): «En los ratos muertos he vuelto a tocar la guitarra»

El de Montse, que vive en Cap Salou, es un caso poco común. Pertenece a ese 20% de mujeres catalanas que consiguen independizarse antes de los 30 años.

Como vive en una zona turística, está acostumbrada a los inviernos tranquilos y con pocos vecinos, aunque estos días la falta de movimiento es más notoria.

El día que compareció Pedro Sánchez para anunciar el estado de alarma estaba con unas amigas en la casa de una de ellas. Se despidieron sabiendo que no se verían en un buen tiempo. Siguen quedando, de manera virtual, para tomar el vermut.

Hace teletrabajo durante muchas horas y cree que la gente que vive con más personas tiene un poco idealizado lo de encerrarse solo a trabajar. Ella que ya lo ha probado, sabe que organizarse para no pasarse todo el día en el ordenador no es fácil.

Con todo, en los ratos muertos ha conseguido volver a tocar la guitarra, algo que tenía abandonado. «Son días para volver a encontrarte contigo misma», reflexiona. También ha hecho limpieza a fondo.

Sus padres, que viven en Valls, sufren un poco más por la distancia y le han invitado a pasar el confinamiento con ellos. Ella les tranquiliza en las videallemadas que hacen cada día.

José Manuel (50): «No tengo Netflix ni HBO»

José Manuel vive en Calafell y, de normal, ya trabaja desde su casa, con lo que lo del teletrabajo ya lo tenía por la mano.

En lo personal dice que «no soy muy callejero, soy más de zulo». Estos días le hacen recordar los pueblos de alta montaña que se quedan incomunicados por las nevadas durante el invierno, pero con todo lo necesario dentro la casa. «Esa idea siempre me ha seducido», reconoce.

Cuenta que no tiene «Ni Netflix ni HBO, y mi tele es de esas viejas que la heredé de mi prima y tampoco se ven todos los canales... Y no pasa nada, tengo libros».

Cree que, efectivamente, trabajar estando solo seguro que es más fácil «que si tienes pareja y niños pequeños correteando por allí», pero reconoce que «hay días que te despiertas y dices, ‘cuánto silencio’. Porque el silencio se ha instalado en la ciudad y piensas que tal vez sería bonita la escena de la pareja con los niños jugando a un juego de mesa... En el fondo creo que todos nos envidiamos un poco los unos a los otros», dice.

Su madre vive a apenas 500 metros, pero no se han visto desde que arrancó el confinamiento, solo hablan por teléfono. El día que hablamos ella iba a hacer bacalao y a dejárselo en el ascensor.

María Victoria (51): «Echo de menos salir a la montaña»

Maria Victoria vive en La Nou de Gaià y cuenta que esta situación se vive diferente en un pueblo como el suyo, donde estás más acostumbrado a contar con los vecinos que en una ciudad.

Igual que José Manuel, reconoce que «si vives solo no tienes quien te moleste, pero los niños dan alegría estos y todos los días».

La situación no le es desconocida, ya le ha tocado estar confinada por motivos de salud en otros momentos de su vida. De momento una de las cosas que más echa de menos es «salir a la montaña, tocar con los pies en la tierra; el movimiento, la libertad».

Apenas ha tenido tiempo de aburrirse porque además de trabajar a distancia está estudiando en la universidad y tiene trabajos para entregar. «No he necesitado evadirme porque tengo cincuenta mil cosas por hacer».

Habla con frecuencia con la familia y los amigos «y nos lo tomamos con humor», pese a que estos días le resulta casi imposible no estar sobreinformada.

Marina (29): «He patinado, literalmente, dentro del piso»

Marina vive en Tortosa y el viernes fue su cumpleaños. «Fue muy extraño pasarlo sola», reconoce, pero gracias a las videollamadas y WhatsApp se sintió más acompañada.

Hace cuatro años ya que se independizó, después de haber probado la experiencia de estudiar fuera de casa.

Cree que como la situación es tan negativa «te comes más el tarro, no puedes hablar con otros y estás más encerrado en ti mismo». No obstante, asegura que la suya es una soledad elegida, así que la disfruta. «Estar con mucha gente tiene que ser agotador», piensa.

Está a gusto en su casa y con su gato. A ella le parece la compañía perfecta «porque no me pide atención constante. Ahora mismo estoy trabajando con él al lado y no me molesta». Eso sí, tiene miedo a que, pasado el confinamiento, el animal se «malacostumbre» a verla todo el día por casa.

No es de salir mucho, pero echa mucho de menos patinar, así que el otro día «me puse los patines, pero piensa que vivo en un piso de 40 metros cuadrados. Aparté la mesa del café e hice tres cruzados», cuenta entre risas.

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