Personas sin techo: «El toque de queda es una noche negra»

En el albergue solo queda una plaza para colgar el cartel de ‘completo’. El ayuntamiento busca opciones para que tengan dónde pasar la noche mientras duren las restricciones

NORIAN MUÑOZ

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Un grupo de personas esperando ayer por la noche para entrar en el albergue de la Fundació Bonanit, en la Part Alta. FOTO: FABIÁN ACIDRES PONS

Un grupo de personas esperando ayer por la noche para entrar en el albergue de la Fundació Bonanit, en la Part Alta. FOTO: FABIÁN ACIDRES PONS

Ahmed (nombre ficticio) era el último en salir ayer por la mañana del centro de día Betania para personas sin hogar que gestiona Cáritas Interparroquial. Cuando le preguntamos qué hará por la noche, ahora que se ha decretado el estado de alarma desde las 10, dice que la situación para él es «como una noche negra». Aunque reconoce que no es de los que están peor, porque todavía le quedan siete días en el albergue de la Fundació Bonanit (después no sabe dónde irá). No tiene papeles, así que si ya tenía miedo de dormir en la calle, ahora tiene terror de que le pare la policía.

Abdelaziz, voluntario del centro de día, nos hace de intérprete y cuenta que desde que abrieron, hace poco más de semana, el recinto se llena cada día hasta donde lo permiten las medidas sanitarias. Ayer, cómo no, el miedo al toque de queda se sumaba a las preocupaciones de los sin techo, que no tuvieron tiempo de adaptarse a una medida que se anunció el domingo y entró en vigor en pocas horas.

Ahmed cuenta que trabajaba «en la fruta» en Huelva, pero un primo le dijo que viniera a Tarragona y luego se desentendió de él. No tiene cómo regresar a Huelva ni sabe, tal como están las cosas, si le volverían a coger.

Plazas completas

Teresa Beà, que se encarga de las admisiones en el albergue de la Fundació Bonanit en la Part Alta, explica, no obstante, que los perfiles de personas que duermen en la calle son de lo más variados. Ayer, sin ir más lejos, llegó una pareja, un hombre y una mujer, de Tarragona, que fueron desahuciados de su vivienda. Después de estar en casa de familiares y en una pensión que al final no podían pagar, se quedaron en la calle y fueron a pedir ayuda.

Josep Maria Carreto, director de la entidad, explica que con la llegada de estas dos personas ayer solo quedaba una plaza libre en el albergue, el único de sus características en la ciudad.

Además, se da la circunstancia de que para evitar la propagación del virus y cumplir con la distancia entre camas, han tenido que reducir la capacidad y ahora solo cuentan con 12 plazas en el local y otras tres en una pensión, que también están llenas. Otros años tenían plazas en una segunda pensión que, de momento, no ha vuelto a abrir. Así pues, si llegaran más peticiones de personas que no tienen dónde refugiarse durante el toque de queda, no tendrían cómo hacer frente. Las estancias, además, se ofrecen por un máximo de quince días.

Estudiando opciones

Carla Aguilar Cunill, concejal de Serveis Socials del Ayuntamiento de Tarragona, explicaba ayer que llevaban todo el día barajando diferentes opciones para dar cobertura a estas personas.

Apuntaba, eso sí, que de momento no se podría optar por soluciones como la que se dio durante el confinamiento, cuando Creu Roja instaló un albergue en el Pabellón de El Serrrallo, puesto que las instalaciones deportivas municipales, a diferencia de lo que sucedía en aquel momento, sí se están utilizando.

«Tenemos que repensar el modelo», señalaba, a la par que reconocía que también están a expensas de nuevas medidas que pueda tomar el Govern. Tendría que pensarse, además, en una solución que, a diferencia de lo que sucedió durante el anterior estado de alarma, esta vez podría prolongarse meses.

Miedo a otro confinamiento

Josep Maria Carreto apunta que la entidad «cada año es un poco deficitaria», pero el 2020 está siendo particularmente duro, ya que durante el confinamiento atendieron a veinte personas las 24 horas del día, tanto en el albergue como en las pensiones. Debido a ello tuvieron que multiplicar las horas de personal ya que el albergue, que habitualmente abre de 9 de la noche a 9 de la mañana, pasó a estar abierto todo el día. Hubo, además, que ofrecer todas las comidas del día.

Es por ello que, asegura Carreto, si se produjera un confinamiento domiciliario, sería muy complicado afrontarlo desde el punto de vista económico.

La entidad, que trabaja desde hace catorce años, se financia básicamente con una aportación del Ayuntamiento de Tarragona y, en menor medida, de la Generalitat y Consells Comarcals.

Otra parte importante son las donaciones tanto de personas particulares como de empresas y fundaciones, aunque, reconoce, debido al panorama económico que está dejando la pandemia, todo hace pensar que esas aportaciones bajarán.

Apunta Carreto que vista la necesidad se han estado planteando buscar otra ubicación para el albergue para ampliar las plazas para dormir, las duchas y los espacios comunes que, con la pandemia, han tenido que reducirse. «Pero la inversión es abrumadora y nos sobrepasa», se lamenta.

Señala que desde el punto de vista psicológico, las personas que atienden también están muy tocadas. «La gente está muy chafada, no tienen ni ganas de hablar; si entran a las nueve, a las diez están todos durmiendo. Antes veían un poco las noticias, pero ahora todas tratan de lo mismo».

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