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La pancarta y la cacerola que incordiaron a Casado

Mitin de campaña del PP. Ante 150 personas en la Casa Canals de Tarragona, Pablo Casado atacó a Pedro Sánchez y a los «golpistas», anunció mano dura contra los ocupas y lidió con algún trol

Raúl Cosano

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Pablo Casado, presidente del PP y candidato a la Moncloa, en el acto de ayer en la Casa Canals de Tarragona.  Foto: Alfredo González

Pablo Casado, presidente del PP y candidato a la Moncloa, en el acto de ayer en la Casa Canals de Tarragona. Foto: Alfredo González

El color azul de la Casa Canals parecía corporativo, como para arropar. Podía haber una hostilidad latente. «¿Qué es esto?», preguntó un joven, fuera en la calle, ante el dispositivo de seguridad y la expectación. «Un acto del PP», le respondieron, y volvió él: «Uy, fuig, fuig…». De ello, de arropar, también se encargó Alejandro Fernández, presidente del PP en Catalunya, ya en el mitin: «El PP gestiona el gobierno de Tarragona de manera ejemplar en las áreas mejor valoradas por los ciudadanos». Y volvió. «Tarragona es la Álava catalana», dijo, como simbolizando con la comparación la resistencia popular incluso en los peores tiempos del partido.

Había que allanar el camino, taponar cualquier filtración hostil, para que Pablo Casado, presidente del PP y candidato a la Moncloa, se sintiera a gusto, cómodo, bien. Entró con su sonrisa de triunfador, repartiendo besos aquí y allá, como es costumbre en campaña. 

El Gobierno ‘Sanchezstein’
El entorno, pese a todo, era amable: el jardín de la majestuosa y flamante Casa Canals, en un ambiente primaveral, entre naranjos, al aire libre, que parecía el aperitivo de una boda. Además, en la intimidad, con apenas 150 personas, como si fueran a ver un ‘unplugged’ de Casado, solo en las formas, porque en el fondo toda la artillería estaba preparada. 

Jordi Roca, candidato al Congreso por Tarragona, ofreció «una revolución tranquila por la vida», «para que los españoles no suframos cuatro años más de coalición Sanchesztein» y combatir el «clima antidemocrático y lleno de resentimiento de Catalunya». 

Pero hubo algunos imprevistos. Desde el escenario, se veía perfectamente en una panorámica quizás casual –pero algo envenenada– un edificio (también azul: más corporativismo) con un triple mensaje: una pancarta del CDR de la Part Alta con el lema ‘Fem barri, fem República’, otra por la libertad de los «presos políticos» y una última, tras los cristales, que decía ‘Us volem a casa’. 

Como puestas allí por casualidad (o no), algunos inquilinos de la casa asistían al mitin, como los vecinos de Vallecas ven el fútbol gratis y desde el balcón. Alejandro saludó: «Buenas tardes. Passi-ho bé (un lema, por cierto, independentista). Lo de la República no sé exactamente de qué va, pero, bueno... todos mis respetos». 

Luego fue el turno de Casado, cabeza de cartel, que fue de menos a más y que le hablaba a ese centenar de seguidores entregados (había de todo, también grupos de chavales con indumentaria a lo pequeño Nicolás, cayendo en la parodia), pero no le quitaba el ojo a la pancarta de la República, que seguía allí, incomodando. 

Pese a eso, había que creerse que esto no era tierra esquiva. «El PP es la fuerza que no permite que en Tarragona haya lazos amarillos por las calles», dijo Casado, entre gritos de ¡presidente! y aplausos. El dirigente popular afiló el verbo contra todos los demonios. Prometió que si gobierna «pondrá orden y recuperará la legalidad» y garantizó que, con él de presidente, Catalunya «nunca va a ser independiente». Aseguró que si recupera el Gobierno propiciará la vuelta de las 3.000 empresas que se fueron por el Procés y fomentará que expedienten a los profesores que adoctrinen.

El líder del PP garantizó que, si TV3 prosigue «con su propaganda» a costa de los impuestos de los catalanes, «se cerrará». «Quiero ser el presidente de todos, no quiero un apartheid en España (...). Y vamos bien, vamos a ganar, a gobernar y a recuperar el futuro, la concordia, la libertad y la prosperidad de esta tierra maravillosa», dijo Casado, que, como es habitual, mete a todas las pesadillas en el mismo saco, y ahí caben Sánchez, los podemitas, los batasunos, los golpistas y, cómo no, ETA. Recordó que la banda terrorista asesinó a dos concejales del PP catalán y añadió: «Ahora, cuando parece que desde los partidos radicales en Catalunya se reivindica la historia más tenebrosa de esta tierra maravillosa, como Terra Lliure, esa petición de libertad tiene mucho mayor sentido».

Se presenta Casado como hombre cabal, ordenado, de bien, casi como yerno ideal o figura libertadora. Para él, recuperar la legalidad en Catalunya «no es una amenaza de opresión, sino una oferta de liberación». Casi aludiendo a las telas que tenía enfrente, incordiosas, a ese 13 Rue del Percebe frente a la Casa Canals lleno de independentistas, asestó. «No queremos una guerra de balcones o de pancartas», dijo, y en su escalada de dardos dialécticos aseguró que va a poner fin a esas situaciones en las que «hay familiares en Catalunya que evitan verse el fin de semana» por la situación política. Se fue desbocando a ritmo rápido. A Sánchez le desafió, cual duelo de western al amanecer, a elegir cadena, formato y presentador para un debate. «Dé la cara, no sea tan cobarde», y le interpeló, en plan vacile callejero: «Le haré una pregunta.

Le diré que me diga a la cara que no indultará a los golpistas». Tuvo tiempo también para un ejercicio de política ficción destroyer. «¿Queremos tener un Gobierno con Pablo Iglesias como ministro de Interior, con Puigdemont de Exteriores, con Torra de Administraciones Públicas y con Otegi de Justicia?». «No», sentenció al unísono el público.

La recta final del mitin, en la que habló de vivienda y defendió su ley antiokupas para desalojar en menos de 24 horas, se convirtió en una leve pugna de símbolos. «¡Viva España y viva el Rey!, dijo una señora. Alguien desde fuera reivindicó: «¡Viva la República!». Casado, con su sonrisa, entró al trapo: «¡Si la República no existe! ¡A ver si os enteráis!». 

El troleo alcanzó su máximo con el sonido persistente de una cacerola, aislada, sola en el desierto, pero machacona, hasta colarse en el discurso en su cénit, con Pablo Casado quemando las naves y viniéndose arriba: «A esa gente que está tan cabreada, que tiene que sacar una cacerola, a esos les digo que yo también quiero ser su presidente. Lo que más les tiene que molestar es que yo les diga aquí, a los pies de su casa, que quiero ser su presidente, para crear empleo para ellos, para mejorar la educación para ellos, para evitar la ocupación para ellos, para fomentar la industria para ellos».

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