El Joan XXIII refuerza la seguridad para almacenar virus infecciosos

El símbolo de amenaza biológica avisa. El Joan XXIII ha elevado la seguridad de su biobanco, perteneciente al Institut Pere Virgili, para guardar a -80ºC miles de SARS-CoV-2 que son un tesoro para la ciencia. El laboratorio se blinda para trabajar por primera vez con patógenos de riesgo

Raúl Cosano

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Aina Serena, empleada del biobanco del Institut Pere Virgili en el Joan XXIII, abre la puerta de un congelador a 80 grados bajo cero con muestras de coronavirus.  El cartel avisa de riesgo biológico por la Covid-19. FOTO: Alba Mariné

Aina Serena, empleada del biobanco del Institut Pere Virgili en el Joan XXIII, abre la puerta de un congelador a 80 grados bajo cero con muestras de coronavirus. El cartel avisa de riesgo biológico por la Covid-19. FOTO: Alba Mariné

El símbolo clásico (y de imaginario tan cinematográfico) de Biohazard o riesgo biológico inquieta en la puerta de entrada. Aquí antes se podía acceder con ropa de calle, sin especial protección. Hoy en día no: hay que ir bien resguardado, de la cabeza a los pies, y también los ritmos de las tareas han cambiado. Ahora todo debe ser más cuidadoso y esmerado, más lento, porque se trabaja por primera vez con material de alto riesgo infeccioso.

De ahí que este biobanco, perteneciente al Institut d’Investigació Sanitària Pere Virgili pero alojado en el Joan XXIII, se haya reforzado expresamente: protocolos mucho más severos, paredes y separaciones, con ventanas para poder ver directamente si ocurre un accidente, han elevado la seguridad hasta el nivel NBS2. Determinar las áreas limpias –con bajo riesgo de contaminación– y las sucias –con uno moderado y alto– y aislarlas fue el inicio del proceso, al que luego siguió el diseño del circuito de muestras y la puesta a punto de los EPI como gorros, doble mascarilla FFP2, batas impermeables o doble guante. «Aquí no trabajábamos hasta ahora con enfermedades infecciosas. Hasta ahora teníamos muestras de VIH, de hepatitis C o de obesidad, en las que el contagio era más complicado, porque tienes que entrar en contacto directo con la sangre, es todo más difícil. Ahora hablamos de un virus muy infeccioso», explica Lluís Gallart, el coordinador.

Aïna Serena es una de las empleadas que trabajan con la manipulación del patógeno estrella en este recinto: el SARS-CoV-2. Las muestras, procedentes de la sangre de enfermos de Covid-19 ingresados en el Joan XXIII y que dan su consentimiento, se trasladan en recipientes herméticos, y ahí empieza todo el recorrido: la centrifugadora separa las diferentes capas de la sangre y la manipulación tiene lugar después en una cabina de bioseguridad, el símbolo de lugar.

Ahí una corriente vertical de aire permite, con un juego de presiones, manejar las muestras con las manos de un recipiente a otro, sin riesgo de que ‘salten’ al exterior. «El peligro siempre está porque hablamos de un virus que genera pequeños aerosoles y puede contagiar en el aire, sin necesidad de que haya un contacto directo. Por eso hemos tenido que extremar las medidas», cuenta Gallart, el responsable de poner al día a contrarreloj esta instalación, clave para la ciencia.

En los primeros momentos de la pandemia, se trabajó asumiendo un inevitable riesgo de fuga y contagio porque las condiciones no eran las mismas y había, igualmente, que almacenar a ese coronavirus que irrumpió de golpe. Gallart, con el sistema ya reforzado, hace balance: «Hemos hecho un gran esfuerzo. Ha sido todo un reto, ha sido cansado pero también muy enriquecedor, con una parte estimulante e incluso emocionante».

Gallart fue clave en el diseño de nuevos protocolos para toda la red de biobancos en España que iban a albergar el nuevo virus. «Siempre se nos decía que había que trabajar de forma extrema, con una total seguridad. A la práctica, en muchos casos no se hacía, y ahora nos hemos puesto al día, esto nos ha obligado a estudiar, a leer, a revisar, a investigar», cuenta Gallart.

El siguiente paso, después del manejo en la cabina, es el almacenamiento, un proceso igualmente delicado. En otra dependencia, enormes congeladores aparecen como claves en un nuevo paso del engranaje. La sangre ha quedado dividida en sérum, plasma y línea blanca. Hay una parte de material que se desecha porque no sirve y el resto se vuelve a subdividir y clasificar en muestras de plasma, sérum, ADN y PBMC, como se denominan a las células mononucleares de la sangre. Los tres primeros se guardan en neveras a -80ºC y la última sustancia a un frío todavía mayor: -150ºC. Esos contenedores de ultrafrío tienen una capacidad de 730 litros y son capaces de guardar 30.000 muestras. «Ahora parece mucho, pero se pueden acabar llenando» apunta Gallart.

Solo de pacientes del Hospital Joan XXIII se han recibido, en estos meses de pandemia, material de 714 donantes. Cada uno ha dado ocho muestras de plasma, ocho más de sérum, una de ADN y otra de células mononucleares de la sangre. En total, son casi 13.000 modelos, una cifra que aumenta cada día y que supone todo un tesoro científico, el punto de partida para poner en marcha investigaciones, ya sea en busca de fármacos, de vacunas o de biomarcadores.

Vigilar la temperatura

El material patógeno se queda aquí cobijado, en un lugar con visitas restringidas y una vigilancia constante para mantener la cadena de frío. «Lo tenemos todo monitorizado. Si la temperatura de alguno de los congeladores bajara y pusiera en riesgo la muestra, una señal nos avisa al móvil. Entonces hay que reaccionar rápido, tenemos 30 minutos para ir y ver qué pasa», cuenta Gallart.

El SARS-CoV-2, en sus diversos formatos, queda aquí custodiado a disposición de la comunidad científica. Los investigadores, en función de sus necesidades, solicitan disponer de él y lo pasan a recoger, bien presencialmente, o bien recibiéndolo a través de un envío con las pertinentes medidas de seguridad. A partir de ahí, empieza el trabajo en el laboratorio de investigación. «Este lugar es ante todo una pieza fundamental de los institutos de investigación sanitaria. Un biobanco es vital para hacer una investigación muy vinculada a las enfermedades. Es importante que esté físicamente cerca del hospital de referencia. Siempre se garantiza el anonimato», cuenta el doctor Joan Vendrell, director del Institut Pere Virgili. Vendrell reivindica la importancia de instalaciones de este tipo: «Un biobanco como tal no tiene un proyecto, porque no investiga directamente, pero es una estructura fundamental y hay que mantenerla y potenciarla. La capacidad no es ilimitada pero lo más importante es que estas colecciones sirvan, que se utilicen, que no se guarden porque sí. Por eso hay que hacer una revisión de cómo está funcionando».

El impacto en la medicina es directo. Uno de los principales ‘clientes’ es el investigador Francesc Vidal, del Joan XXIII, líder de uno de los proyectos estrella en Tarragona: lleva a cabo un estudio proteómico y metabolómico para encontrar biomarcadores de diagnóstico preco de evolución por Covid en pacientes positivos y estudiar potenciales dianas para mejorar la respuesta inmunitaria.

Consciente del rol importante, el biobanco de Joan XXIII se ha reforzado con una aportación de la Diputació de Tarragona pero las otras dos sedes físicas, las del Hospital Sant Joan de Reus y el Verge de la Cinta, también se han adaptado, con la compra de material, al magno reto que supone el coronavirus. La amenaza de contagios, escapes y accidentes existe, pero el endurecimiento de las medidas la minimiza. «Aquí estás rodeado de virus pero en realidad estás más seguro que en ningún otro sitio. Es el lugar donde es más improbable contagiarse», concluye Gallart.

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