Reus Munta i Baixa

El cura, la señorita ‘non santa’ y el ‘hombre-mujer’

Historias. Cuando las debilidades carnales afloran en el clero, la reacción popular no dista mucho hoy de lo que sucedía antaño 

Josep Cruset

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Josep Cruset

Josep Cruset

E l espectáculo de variedades suscitado por la renuncia del obispo Novell –culebrones mediáticos, videoclips musicales...– es la versión digital de las ancestrales reacciones de los parroquianos cuando las debilidades carnales afloran en el clero. Eran otros tiempos y otras circunstancias, pero el eco popular e informativo del caso que les voy a contar, más de un siglo atrás, evoca el alboroto al que asistimos hoy.

Estamos en Reus en 1879 y el diario Las Circunstancias publica que la tarde anterior «ha sido de gran jolgorio en la calle Castellvell» –que une la calle Gaudí con el paseo Mata y sigue conservando el mismo nombre–. «Hay en dicha calle una casita de un solo piso, que por su construcción especial es conocida por la gente de broma con el nombre de Palacio Encantado y en ella habita una persona non santa, pero según se dice muy atractiva, llamada Sinteta», explica el periódico, para a continuación narrar lo siguiente: «No sabemos si por costumbre o por primera vez estuvo ayer tarde a visitarla un sacerdote, y como la hora no era muy cauta percibiéronse varios vecinos y cundiendo la noticia por todos los de la calle y aun de las inmediatas, empezaron a formarse en toda ella corros de hombres y de mujeres formando animados y chispeantes comentarios acerca de la visita del cura a la señorita del Palacio Encantado. Hasta el punto de que, formado el empeño de ver la cara que pondría a su salida el sacerdote, se propusieron no abandonar la calle hasta que lo efectuara, con lo cual desde aquel momento quedó completamente bloqueado el Palacio Encantado».

La zona de la calle Castellvell –lugar de los hechos– y alrededores, a principios del siglo XX. foto: autor desconocido/POSTALS DEREUS 1895-1939/CIMIR

Ocupado en sus quehaceres o alarmado por lo que sucedía en el exterior, el cura retrasó largo tiempo su marcha, sin que ello desanimase a la concurrencia. Cuando finalmente decidió salir, «aquí fue Troya», porque la calle Castellvell y las adyacentes «se encontraban inundadas de gente». Las mujeres entonaron el himno de España al paso del religioso, mientras los hombres le saludaban con atronadores bravos y nutridos aplausos, hasta que el protagonista se perdió de vista.

El redactor de Las Circunstancias relata que a última hora debió ampliar la noticia, porque «entrada ya la noche, el aludido sacerdote, no escarmentado con la aventura de la tarde, reprodujo su visita al Palacio Encantado, apercibiéndose de ello algún vecino, y como por encanto volviose a llenar la calle y sus avenidas para reproducir la función, que a buen seguro hubiera terminado de manera corregida y aumentada de no haber llegado el hecho a noticia de la Autoridad, y presentarse en la susodicha casa el alcalde de barrio y un municipal, que acompañaron al impertérrito sacerdote hasta su posada».

Como el asunto ya había corrido de boca en boca por toda la ciudad, se decidió actuar con ejemplaridad, «por lo que el cura terminó su jornada de este día siendo llevado a la sala de arrestos para ser conducido a la capital de provincia a la disposición de la autoridad competente».

Cabe suponer que el serial del exobispo de Solsona tendrá un final menos abrupto.
Si además de lo referente al enamoramiento de Novell han seguido otra de las noticias de la semana, en este caso la supuesta agresión homófoba que resultó no ser tal, también puedo contarles otro antecedente jugoso.

¡Tierra trágame!

Nos vamos a 1897. Un vecino de Reus nacido en Castellvell, llamado Tost y ferroviario de profesión, apareció vestido con ropa de mujer y atado a un árbol en El Burgo de Ebro (Zaragoza). Declaró que sus agresores habían tirado sus ropas al río y le habían dejado de esa guisa por cuestiones políticas, pero la hipótesis de la policía era más comprometedora: el hombre era un militante anarquista implicado en un complot para asesinar al ministro de la Guerra, el general Valeriano Weyler. Tost sería el encargado de perpetrar el atentado, para lo cual viajó hasta Zaragoza en el mismo tren que Weyler, pero al final desistió de su propósito. Como castigo, sus compañeros le afeitaron el bigote, le vistieron de mujer y le ataron a un árbol con esposas y candados.

Pese a descedirse y asegurar que se había disfrazado de señora por capricho suyo, el llamado hombre-mujer acabó en la cárcel. El caso fue noticia en toda España y cuando meses después Tost fue liberado, regresó en tren hasta la estación de Reus, donde trabajaba. Allí le esperaba una multitud para ver al famoso hombre-mujer que, avisado, optó por apearse en Les Borges del Camp. Lo de ¡tierra trágame! tampoco es exclusivo de la era digital.

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