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Triste espectáculo

El espectáculo político es tan bochornoso, tan denigrante y tan poco edificante que hemos llegado a un punto en que ni siquiera importa que se diga la verdad o que se mienta con la mayor de las alevosías con tal de desgastar al rival

ÁLEX SALDAÑA

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ÁLEX SALDAÑA

ÁLEX SALDAÑA

El espectáculo político es tan bochornoso, tan denigrante y tan poco edificante que hemos llegado a un punto en que ni siquiera importa que se diga la verdad o que se mienta con la mayor de las alevosías con tal de desgastar al rival. En esta guerra sin cuartel todo vale. Vuelan los cuchillos de una bancada a otra y no se repara en nada con tal de herir al contrincante –que si tu padre es un terrorista, que si vosotros queréis dar un golpe de Estado pero no os atrevéis…–. Sí, ya ven que el nivel es realmente bajo. En esta escenificación de vamos a ver quién la dice más gorda sale a relucir lo peor de cada casa, que, visto lo visto, es mucho. Y el ruido de los insultos no deja oír las ideas, las iniciativas. Claro que es muy posible que se grite tanto para ocultar la tristísima realidad: que realmente no existen propuestas. En fin, en este contexto celebro la iniciativa que han tenido los hosteleros, que han reservado mesas en algunos restaurantes al Gobierno para que se siente a dialogar con el sector. Quizá sea una solución, antes de que nos hagamos daño, sentar en la mesa a representantes de todos los partidos alrededor de unas cañas y unas bravas –bueno, mejor unas rabas; evitemos cosas picantes que puedan encender aún más los ánimos– para que hablen con tranquilidad. O, al menos, con educación. Mi buen amigo Paco Zapater propuso en su día que lo hicieran con una paella de por medio –por cierto, él es un artista de este plato y podría ejercer como anfitrión–. Y si ni con esas se arreglan, ya solo nos queda cambiarlos a todos por otros más tolerantes y que representen como se merece a una sociedad que ha demostrado estar muy por encima de sus políticos.

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