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Se nos quemó un icono de París

Impotencia. Da una rabia enorme ver cómo se consume un símbolo ante tus propios ojos sin poder hacer nada 

Natàlia Rodríguez

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Se nos quemó un icono de París

Se nos quemó un icono de París

Es la hora de la cena en Francia y poco a poco las alarmas de los teléfonos empiezan a interrumpir la cocción de la pasta. Notre Dame está en llamas. La noticia es increíble y nadie parece darle mayor importancia. Quizás algo relacionado con los trabajos que desde hace un tiempo están realizando en el techo de la catedral. Hace pocos días las 16 estatuas de bronce de los evangelistas fueron izadas por unos helicópteros para ser restauradas. La imagen recordaba a una secuencia de Fellini con San Juan decapitado volando por el cielo de París. 

Pero las alarmas insisten y La Vanguardia reacciona antes que Le Monde. Notre Dame está en llamas, y entonces todo cambia. Empieza el desconcierto, la tristeza enorme, la desconsolación. ¿Cómo es esto posible? Nadie parece tener respuesta. 
Llega el tuit del presidente estadounidense, Donald Trump, pidiendo helicópteros. Yo pido más, aviones llenos de agua, mangueras a miles… pero el fuego continúa consumiendo los miles de troncos –el bosque le llamaban– de roble francés, el mismo con el que se hace ese vino maravilloso. Cada viga era un árbol y esa estructura de cientos de años tenía miles de ellos. 

«Junto a la Torre Eiffel, Notre Dame te da la bienvenida a la ciudad más hermosa del mundo. Es su kilómetros cero. allí empieza todo»

La impotencia de ver cómo se consume un símbolo ante tus propios ojos sin poder hacer nada. La rabia de ver cómo la belleza –porque Notre Dame es ante todo de una belleza que corta la respiración– se consume en pocos minutos. 

Esas viejas piedras que lo han visto todo, desde ese jorobado que todos llevamos dentro, la coronación de Napoleón, el entierro de los presidentes Charles De Gaulle y François Mitterrand, pero sobre todo las oraciones de millones de personas que, creyentes o no, han accedido en algún momento al templo buscando refugio. Esas piedras, como los iconos, cargadas de esperanza, consuelo y, a veces, desesperación.

La aguja se desploma y da la medida del desastre. Con ella se nos ha ido la silueta que nos indica que estamos en París. Junto a la Torre Eiffel, Notre Dame te da la bienvenida a la ciudad más hermosa del mundo. En medio de la Isla de la Cité, rodeada por el Sena, corazón de Francia, su kilómetro cero, en Notre Dame empieza todo.

Seguramente ha sido un accidente. Un banal y absurdo accidente, como en la Fenice o en el Liceo. Pero las imágenes nos retrotraen a la Europa bombardeada, a la catedral de Reims en escombros. Tardaremos tanto tiempo en volver a verla…
Ayer se nos encogió el corazón con cada llamarada, con cada viga que se desplomaba. 

Nos faltará un amigo cada vez que levantemos los ojos hacia el horizonte, esa aguja de 96 metros, afilada como una navaja, que intentaba tocar el cielo. Y seguramente lo tocaba, lo dibujaba, lo acariciaba con ese grácil gesto tan parisino. 

*Natàlia Rodríguez es periodista y vive en París

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