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La Santa Tecla de ayer y hoy. De los ‘castells’ de siete pisos tambaleantes a la fiesta superlativa

El tiempo lo cambia todo. Recuerdo una ciudad ajena a sus tradiciones porque era la época en la que era necesario romper con lo tradicional, en la que este país se despertaba de un letargo de 40 años de droga dura

Natàlia Rodríguez

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Natàlia Rodríguez

Natàlia Rodríguez

Escribir un artículo en estos días de Santa Tela exige un cambio de guión. Vivas donde vivas, estés donde estés, si has nacido en Tarragona, sabes que estos días tienen su prosa y música.

Especialmente si se da una circunstancia -relativamente trascendental para el resto de la humanidad- de relativa importancia para quién esto escribe: nacer en Santa Tecla, en Tarragona, impone carácter. La leyenda familiar quiere que mi padre -un señor de Madrid poco dado a las tradiciones locales- impusiera la elección de mi nombre a mi abuela, Carmen Romaní. Doña Carmen era una mujer de rompe y rasga, nacida en el Cos del Bou número 13 en 1910. Una mujer que creía ver en el nacimiento de su nieta en tan señalado día, una indicación celestial de la santa mártir. Mi señor padre, alérgico a cualquier tradición, puso pies en polvorosa y se pegó una carrera hasta el Registro Civil temeroso de que su santa suegra se le adelantara por las bajadas que suben de Tarragona.

Eran los años en los que nos perdíamos lejos de la ciudad  cada fin de semana cargados de garrafas para llenarlas de agua decente

Recuerdo muchas Santas Teclas. Las actuales, obviamente. Intensas, superpobladas, desbordadas de gente que desaparecen el resto del año, pero que por unos días habita la ciudad en cada recodo. Alboroto, fuego, mucho fuego y mucha mamadeta (ese brebaje por el que los cartujos purgaran sus penas miles de años) y mucha Amparito Roca, a todo trapo y en cualquier momento del día o de la noche. Todo algo excesivo, barroco. Fiestas superlativas si las comparamos con las fiestas de mi infancia. Esas que apenas duraban cuatro días y donde lo más excitante que podía pasarte era que el Dimoni del Ball de Bastons se te acercara a menos de un metro. Recuerdo que Santa Tecla significaba el retorno al colegio y a su uniforme. Volver a ver a las mismas amigas que desde 1970 y hasta el día de hoy, conforman mi vida como los elementos más estables de una reacción química compleja. Recuerdo que Santa Tecla era el inicio del otoño, cuando el otoño existía y para la castañada ya te pelabas de frío.

Recuerdo un Seguici corto y una misa larga. Eterna, como lo son todas las ceremonias de la infancia. Recuerdo ver los castells de siete pisos tambaleantes y púdicos, en una plaça de la Font en la que nadie corría el riesgo de morir de asfixia. Recuerdo una ciudad ajena a sus tradiciones porque era la época en la que era necesario romper con lo tradicional, eran los años en los que este país se despertaba de un letargo de cuarenta años de droga dura. Ni espineta ni caragolins. Eran los años en los que nos perdíamos lejos de la ciudad cada fin de semana cargados de garrafas de plástico para llenarlas de agua decente. Eran los años en los que abrir el grifo, era un suicidio.

Recuerdo una ciudad llena de pastelerías, no de flecas. De tiendas, no de franquicias. Una ciudad que vivía alrededor de su Rambla

Recuerdo una ciudad llena de pastelerías, no de flecas. De tiendas, no de franquicias. Una ciudad que vivía alrededor de su Rambla y que, para muchos, se dibujaba desde la estación de la Renfe hasta la Catedral, desde la Plaza Imperial Tarraco, hasta el Balcón del Mediterráneo.

En esa geografía concisa y gris se construía la ciudad de mi infancia. Mi colegio terminaba en unos campos llenos de ortigas presididos por una casa modernista. Hoy es la avenida Marqués de Montoliu.

El tiempo lo cambia todo. Cambia a las ciudades y cambia a las personas. Solo permanece la nostalgia por la infancia, ese territorio sentimental por el que nunca dejas de pasear. Vivas donde vivas, estés donde estés, por Santa Tecla, siempre regresas a casa.

Disfruten de estos días. Desde París, bona Festa Mejor! Visca Santa Tecla!

* Periodista. Nacida en Tarragona, Natàlia Rodríguez empezó a ejercer en el Diari. Trabajó en la Comisión Europea y colabora en diversos medios. Vive entre París y Barcelona.

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