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Entre San Francisco y Santa Tecla ¿Y si el éxito nos acaba expulsando de nuestra propia ciudad?

Sentimientos contradictorios. No me canso de cantar las alabanzas de la Tarragona que vuelve a atraer nuevos residentes, pero entonces me doy cuenta de que tal vez no sea tan buena idea defenderla

Lluís Amiguet

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Entre San Francisco y Santa Tecla ¿Y si el éxito nos acaba expulsando de nuestra propia ciudad?

Entre San Francisco y Santa Tecla ¿Y si el éxito nos acaba expulsando de nuestra propia ciudad?

Con las ciudades pasa como con las parejas. Te atrae lo mejor de ellas, pero acabas enamorado de sus defectos. Y, al final, no sabes distinguirlos de sus cualidades, porque en eso consiste precisamente el amor.

Es la razón por la que estos días ando peleándome con los amigos de Barcelona por defender Tarragona frente a los sobrevalorados encantos de Girona. 

Y no se trata de una polémica peregrina de charla de agosto, sino de una ponderación estratégica ahora mismo para todos, porque el teletrabajo ha llegado con la pandemia para cambiar nuestras vidas y miles de familias se plantean si vale la pena pagar el precio de vivir cerca de donde trabajan si pueden ir sólo un día o dos a la semana a la oficina.

¿Si no tengo que ir a trabajar cada día, por qué no residir en Tarragona o Girona en vez de en un suburbio de la metrópoli? Y en ese punto donde me preguntan por las ventajas de Tarragona y las comparan con el belén gironí de Costa Brava, Empordà y Pirineo.

Les hablo entonces de esas mañanas de invierno tarragoní en las que el sol benevolente te acompaña al salir de casa y convierte cada encuentro casual con los amigos en una excusa agradable para detenerse en cada esquina.

Evoco los mediodías en que nos escapábamos del instituto Martí i Franquès para hacer un vermú (nuestro botellón de entonces) en la playa, cualquier playa cercana, más agradable en febrero que en verano.

Y cómo podíamos pasar un día entero en una terraza de la rambla, desde el primer café de la mañana hasta la última cerveza de la medianoche, mientras iban cambiando los tertulianos y convertíamos la mesa en una cátedra de conversación, que es la madre de todas las enseñanzas.

Tarragona tiene el tamaño exacto que Sócrates dio a la ciudad ideal: el suficiente para ver a quienes quieres o no ver a quienes no quieres con facilidad y sin que se note. 

El mar y el puerto con su plataforma industrial le dotan de la apertura mental cosmopolita y del cruce cultural que han convertido la Universitat Rovira i Virgili (URV) en la mejor universidad no barcelonesa en todos los ránkings. 

Y esa proyección universal no es improvisada, sino el resultado de un pasado capitalino que convierte cualquier paseo en una clase de Historia.

Y les cuento, en fin, a mis amigos en trance de mudarse cómo cualquier calle se llena de vida y alegría en cuanto los bares ponen cuatro mesas.

Más barata

Me preguntan entonces por los precios de los alquileres y, sin ser un experto, sé que se comparan favorablemente con los de los vecinos del norte. Y quien quiera montaña tiene, además, todo el Montsant a media hora. Y quien quiera todos los matices del mar lo goza desde el Delta a El Vendrell. 

No me canso, en fin, de cantar las alabanzas (y de olvidarme de algún defecto) de la Tarragona que vuelve a atraer nuevos residentes y que podríamos convertir en una meca de la calidad de vida y eso significa hoy del emprendimiento y la creación de nuevas empresas…

Pero entonces, me doy cuenta de que tal vez no sea tan buena idea defenderla.

¿Y si acabamos convertido en un nuevo San Francisco donde sólo los ricos pueden pagarse áticos con jardín frente a la bahía? ¿Y si el éxito acaba expulsándonos de nuestra propia ciudad? 

Así que después de poner una vela a San Francisco pienso en poner otra a Santa Tecla, que me quede como estoy. Y es una suerte poder poner las dos.
 

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