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De Rugy. La vulgaridad y la frivolidad de un político

La mecha de la revolución. El lujo es por antonomasia algo francés, pero en la era de lo viral su ostentación puede pasar de ser algo ingenuo para transformarse en una temeridad

Natàlia Rodríguez

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Natàlia Rodríguez

Natàlia Rodríguez

El Ministro francés para la Transición  Ecológica, François de Rugy, es un torpe. Un torpe al que no le gusta la langosta bretona rociada con mantequilla bretona y al que el champagne le provoca flatulencias. Desconocemos las consecuencias gástricas que le produce un Château d’Yquem valorado en más de 500 euros la botella que también aparece en las fotografías que hoy circulan por toda Francia. Unas instantáneas tomadas hace un tiempo, cuando de Rugy era Presidente de la Asamblea Nacional e invitaba a sus amigos a cenar en su mansión –pagada con dinero público– y que ponen de manifiesto la vulgaridad y frivolidad de un político, pero que disparan al corazón de una clase política que lleva meses justificándose por activa y por pasiva mientras cada semana los indignados chalecos amarillos incendian el país. 

Parece imposible cometer todas las torpezas que él ha cometido. Incluido permitir que su mujer cargue al contribuyente francés un secador de casi 500 euros que lleva una pátina de oro, queremos creer que para revalorizar la queratina de la señora de Rugy. Trabajos de remodelación pagados con dinero público, enchufes a sus asistentes, etc. Nada que no nos sea extremadamente familiar. Pero curiosamente la ostentación de la pompa ha puesto al gobierno Macron contra las cuerdas en un país que hace de la pompa una seña de identidad. El lujo es por antonomasia algo francés, pero en la era de lo viral es ingenuo creer que el lujo del poder no vaya a transformarse en la mecha de la revolución. Quien dice ingenuo puede también decir temerario.

La República Francesa decidió en su día que no podía prescindir de la pompa

Después de cortarle la cabeza al Rey, la República heredó las dos funciones del Príncipe: la encarnación simbólica y el ejercicio de la responsabilidad. Es decir, ha fusionado la pompa y la eficiencia. Uno puede soñar con un poder sin ostentación, enteramente dedicado a su tarea, sin símbolos ni dorados. Pero uno deberá entonces asumir que el poder ha dejado de ser un símbolo. Que se lo pregunten a la Reina de Inglaterra, si no.  

La República Francesa decidió en su día que no podía prescindir de la pompa. Todo poder necesita una puesta en escena. Así, los entusiastas de la igualdad ocuparon, sin mala conciencia, los palacios parisinos de la antigua aristocracia, sin ir más lejos, el Palacio del Elíseo era anteriormente propiedad de la marquesa de Pompadour. Napoleón instaló a los prefectos en casas imponentes, considerando que el representante del Estado en los departamentos tenía que apoyar el estilo de vida de las grandes familias locales. Todavía están allí.

Pero Internet lo ha cambiado todo. La mujer del César debe ser casta y parecerlo

No hace tanto los franceses se deleitaban con un François Mitterrand uber monárquico que eligió deliberadamente el Palacio de Versalles para su primera cumbre internacional. La Francia socialista, dijo, debe impresionar tanto como la del General de Gaulle. Y está visto que todos los Presidentes piensan como él, Macron incluido.

Pero Internet lo ha cambiado todo. La mujer del César debe ser casta y parecerlo, y para ello debe estar muy segura de que ninguna fotografía va a circular por las redes sociales mostrando los manjares con los que agasaja a sus amigos. 

Quizás ha llegado el momento en que «lo simbólico» deje de ser necesariamente el reflejo de la prepotencia. Quizás hay un margen para que el poder se pueda ejercer desde la normalidad, pero nadie lo ha intentado aún.

Periodista. Nacida en Tarragona, Natàlia Rodríguez empezó a ejercer en el Diari. Trabajó en la Comisión Europea y colabora en diversos medios. Vive entre París y Barcelona.

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