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El Lleida Llista castiga la ternura del Reus Deportiu Virginias

Los rojinegros juegan unos buenos 15 minutos iniciales, pero se evaporan de forma preocupante

MARC LIBIANO PIJOAN

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Raúl Marín intenta parar el avance de Badia durante el partido de ayer . FOTO: REUS DEPORTIU

Raúl Marín intenta parar el avance de Badia durante el partido de ayer . FOTO: REUS DEPORTIU

Se evaporó de forma preocupante el Reus en Lleida, en un envite que dominó al principio y del que desapareció cuando su rival le inyectó el primer golpe. Un rasgo que habla claramente sobre la ternura del equipo de Garcia, todavía excesivamente inestable, sin continuidad en sus comportamientos. Encaja mal los contratiempos y, para competir en la élite, resulta imprescindible mostrar fortaleza en la adversidad. La derrota deja síntomas preocupantes y una clasificación alejada de la zona noble. Los rojinegros deberán trabajar casi hasta el pitido final de la primera vuelta para sellar su clasificación matemática para la Copa.

Mezcló bien el quinteto que Garcia presentó en la puesta en escena, con Checo Compagno y Julià al mando de las operaciones. Gelmà y el joven Rojas se vistieron de gregarios perfectos y la maquinaria funcionó. En realidad, el Reus logró algo casi imposible; someter al Lleida, un rival al que pocos o más bien nadie somete. Los rojinegros se ampararon en el ritmo alto de juego para dominar los registros del juego dispusieron de cinco llegadas de gol clarísimas en los diez primeros minutos, pero no acertaron. Serra, el fabuloso arquero del Lleida, sujetó a sus compañeros, que achicaron agua durante el cuarto de hora de inauguración.

En ese intervalo de tiempo, el Reus malbarató un penalti y una falta directa en los sticks de Compagno y Marín. Tanta correspondencia fue castigada de forma contundente por el enemigo, que cuando asomó lo hizo para golpear.

No existe una figura que represente los valores del Lleida tan bien como Bruno Di Benedetto, actor nada vistoso, pero terriblemente efectivo. Defiende como un miura y bajo esa torpeza mentirosa que aparenta, se esconde un hockista de máximo nivel. Envió una cuchara a la escuadra de Ballart cuando el Lleida pedía auxilio. En realidad cambió totalmente el paisaje del partido.

Desde ese instante, el Reus nunca fue lo que había sido. Se hundió en la inseguridad que todavía posee. Se olvidó de defender los bloqueos y continuación que su enemigo le proponía una y mil veces y acabó por irse al descanso tres goles abajo, una penalización terrible para lo que había pasado sobre la pista. Badia, de arrastre al ángulo, y Folguera certificaron un 3-0 espantoso. Todo lo que vino después ya fue un querer y no poder reusense.

Entre otras cosas porque pocos equipos se manejan mejor en el timing a favor como el Lleida y si el botín es de tres goles, se hace casi una utopía pretender remontarle. La gestión de ese colchón volvió a generar magisterio. Cañellas, nada más regresar del intervalo, acentuó esa característica con el 4-0 y, aunque Del Río y Marín, amagaron con la revolución, se quedó en un espejismo. El Reus lo intentó porque, en actitud, nadie puede reprocharle nada a la escuadra, su problema tiene que ver con una cuestión explícita de juego.

Ni siquiera las cartulinas azules con las que se cargó el Lleida en ese segundo parcial abrieron una puerta de esperanza reusense. Los de Folguera son de hormigón armado, compiten en cualquier circunstancia y ante cualquier adversario. Así ha montado su ADN el entrenador, capaz de reconstruir plantillas con una facilidad alucinante.

El 6-3 final refleja el difícil escenario en el que se encuentra el Reus, obligado a dar un paso hacia adelante en muchos aspectos. Su temporada y su futuro dependen de ello.

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