Cultura Novela

La Sra Potter no es exactamente Santa Claus

Bajo la apariencia de una reescritura cómica y alocada de los cuentos infantiles, la última novela de Laura Fernández explora el poder de la escritura y la imaginación

Alan Salvadó

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La Sra Potter no es exactamente Santa Claus

La Sra Potter no es exactamente Santa Claus

Kimberly Clark Weymouth –merece una mención aparte la toponimia y la antroponimia de la novela de Laura Fernández– podría ser el cliché de pequeña ciudad navideña/entrañable por antonomasia, ciudad-postal. Cubierta perennemente por la nieve y con el mito de que el bestseller infantil “La señora Potter no es exactamente Santa Claus” está ambientada en dicha población, ha devenido lugar de peregrinaje de las hordas de fans que quieren pisar las calles que fueron fuente de inspiración de la misteriosa escritora Louise Feldman. Sin embargo, tras la idealización (casi) infantil del lugar, los habitantes saben que la ciudad es “desapacible, fría y horrible”, tal y como se define en el inicio de la novela. Por este motivo, cuando el propietario de la tienda de souvenirs y merchandising de la novela “La señora Potter...” –Bill Peltzer– decide cerrar la tienda y largarse de la ciudad se pone encima de la mesa, ¿cuál será el destino de este lugar?

A partir de este momento, los singulares e histriónicos círculos de poder de la ciudad se activan para tratar de evitar que Peltzer venda su casa y abandone el negocio. Este punto de partida le sirve a Laura Fernández para desplegar un desternillante catálogo de personajes y situaciones absurdas e inauditas: un agente inmobiliario que contraviniendo los consejos de su madre se muda ahí fascinado por la novela de Feldman, un escritor de whodunits más preocupado por la correspondencia con sus fans que por la salud emocional de su hija, una pareja de escritores famosos que busca vivir en casas encantadas, una madre ausente que solo se comunica con su hijo a base de mandarle montones de cuadros por correo postal, una ciudadanía adicta a la serie televisiva Las hermanas Forest investigan que se dedica a vigilar y anotar cualquier movimiento y novedad en la ciudad… Y así, sucesivamente, componiendo un fresco hilarante e inolvidable.

La fascinación y diversión que produce la lectura de La señora Potter no es exactamente Santa Claus de Laura Fernández viene dada por el tono del conjunto de la novela y por la creación de un mundo posible único y singular en el panorama literario español. Respecto al tono, la novela combina el humor sórdido a lo John Kennedy Toole, la imaginación a lo Lewis Carroll y la ingenuidad infantil a lo Roald Dahl. Respecto al alzamiento de este microcosmos literario que es Kimberly Clark Weymouth, Fernández construye un fascinante pastiche posmoderno hecho de referencias continuas a otras imágenes y otras historias. No en vano, todos los personajes, por un motivo u otro, están fascinados por las historias: la de la señora Potter, las de detectives, las de fantasmas…

Tras lo absurdo y lo surreal, la novela es un alegato al acto de contar historias, de ahí la magnífica frase que nos lanza la autora: “nada cicatriza, toda herida sigue latiendo, a la espera de volver a ser abierta, y que el oficio de escritor consiste básicamente en eso, en impedir que algo se cierre”.

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