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Ojalá no hiciesen falta más emergencias sociales para que desde las instituciones se empezase a valorar el impagable trabajo que hacen los barrios

ALBA CARBALLAL

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A estas alturas, tras la crisis económica de 2008 y a la luz del descalabro que desde marzo está suponiendo la pandemia, es una obviedad decir que los espacios vecinales llevan décadas supliendo a las administraciones públicas allí donde éstas, por incapacidad o por dejadez, no llegan.

Pienso en las cestas de alimentos repartidas a domicilio por el Centro Social Rey Heredia, en Córdoba; me acuerdo, también, de La Invisible malagueña, esa casa que destila cultura viva por cada poro de su fachada; o, por citar otro entre los miles que revitalizan los pueblos y ciudades de nuestro país, del C. S. Luis Buñuel de Zaragoza, que ha convertido las aulas de un antiguo instituto en un ágora al servicio del barrio en el que se inserta.

Aunque algunas de ellas hayan conseguido -como es el caso de la asociación maña- una breve tregua, tampoco es ningún secreto que muchos de estos lugares sobreviven bajo una constante amenaza de desalojo.

Esta semana le toca el turno al centro neurálgico del tejido asociativo de mi barrio, el EVA Arganzuela, que devuelve a la comunidad el edificio del antiguo Mercado Central de frutas y verduras.

Tras cuatro años, el ayuntamiento le retirará la cesión que hace posible, entre otras cosas, la existencia de una despensa y un ropero solidarios; la organización de grupos interesados en consumir alimentos ecológicos, recibir clases de inglés o impulsar la adopción animal; y, por descontado, la democratización de ciertos hábitos saludables que, de otro modo, seguirían siendo un privilegio de quienes pudieran pagárselos.

Ojalá no hiciesen falta más emergencias sociales para que desde las instituciones se empezase a valorar el impagable trabajo que hacen los barrios.

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