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Ocho puntos de la recesión española del año pasado fueron consecuencia del hundimiento del negocio de la hostelería y conexos

PEDRO VILLALAR

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El consejero delegado de Barceló Hoteles declaró el viernes a una cadena de radio que el peso del turismo en España había caído desde el 12,4% del PIB en 2019 al 4,3% en 2020. En definitiva, ocho puntos de la recesión española del año pasado fueron consecuencia del hundimiento del negocio de la hostelería y conexos. Y muy comprensiblemente, el representante de una de las cadenas hoteleras más importantes de nuestro país pidió ayudas directas, que según él se están concediendo en diversos países europeos, y lamentó que se les siga cobrando impuestos y tasas como si sus establecimientos fuesen operativos. En la actualidad, solo están abiertos unos pocos hoteles de la cadena, y con una ocupación tan baja que todos sin excepción registran pérdidas.

Ya era conocido que cualquier convulsión –geopolítica, social, sanitaria– tendría un efecto directo sobre el negocio turístico, que requiere movilidad, estabilidad y seguridad. Durante bastantes años, España se ha beneficiado de la inestabilidad en el Mediterráneo Oriental, que ahuyentaba a los turistas hacia otros destinos. Y la ocasión actual –no hay mal que por bien no venga– es magnífica para que se reestructure aquí el negocio turístico que desde el boom de los años setenta del pasado siglo ha crecido desordenadamente y sin una planificación a medio y largo plazo.

El turismo barato y masivo de sol y playa, debería ser redirigido hacia un turismo de calidad, más estable, ligado a la socioeconomía y a la cultura del territorio, capaz de sobrevivir a crisis como la actual. Esta reconversión está pendiente, y no debería abordarse desde el sector público con acrítica indiscriminación.

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