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Sermones en horario de máxima audiencia

JOSEP CRUSET

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Sermones en horario de máxima audiencia

Sermones en horario de máxima audiencia

La patria es la infancia, según la imperecedera definición del poeta Rainer Maria Rilke. Como a medida que pasan los años la reconozco cada vez más como tal, mi primer acto de desescalada fue salir a rendirle honores. Así que a primera hora de la mañana andaba yo agarrado a las cadenas del monumento al general Prim. Los que se han criado en Reus ya saben de lo que les hablo, y los que lo han hecho en cualquier otro sitio seguro que tienen su propio paisaje icónico de juegos, paseos y fotografías infantiles.  

Para el retorno a los santos lugares después de 49 días de ausencia, mi hija me arregló las cejas, demasiado desarboladas para su gusto –«así no puedes salir a la calle»– y el bote de gomina arregló el desaguisado de la cabellera. Mi hija hace días que también quiere solucionar eso, y no sé hasta cuándo podré resistir la presión.
En el grupo de amigos de whatsapp hay diferentes versiones sobre la afluencia de gente en la calle el primer día de libertad condicional para los adultos. Hay percepciones distintas porque hay realidades distintas, pero las conclusiones son menos alarmantes que el día en que salieron los niños.

Un curtido deportista cuenta que los problemas más serios no son de distancia social, sino de calambres, especialmente entre los que ayer se convirtieron al running o recuperaron la fe tras años de extravío. Un amigo que vive frente al tanatorio confirma que la tranquilidad impera en la zona. «¿Y ahí también se aplaude y suena música a las ocho de la tarde?», le pregunto. «Sí, cada día. En la plaza que hay delante ponen el Resistiré», me explica. «Resistiré erguido frente a todo.... Resistiré para seguir viviendo...», la letra de la canción del Dúo Dinámico adquiere un carácter existencialista escuchada frente a la funeraria.

El Covid-19 crea extraños compañeros de viaje, aunque ninguno supera lo del micrófono abierto que permitió oír a diputados de Junts per Catalunya y Ciudadanos conspirando para hacer la puñeta al presidente del Parlament de Catalunya, Roger Torrent, que es de ERC.

Quién sabe si esa metedura de pata explica que ayer el presidente de la Generalitat, Quim Torra, y el vicepresidente, Pere Aragonés, diesen conjuntamente la rueda de prensa televisiva posterior al Consell Executiu que acordó elaborar un plan de choque, y así intentar escenificar algo de unidad.

Torra le ha cogido el gusto a salir por la tele a la hora de la comida o de la cena para contarnos sus historias, al igual  que hace Pedro Sánchez. En uno de los últimos sermones del presidente del Gobierno, el periodista de TV3 que daba paso a la conexión con La Moncloa apostilló que Sánchez había elegido un horario de máxima audiencia, lo cual era rotundamente cierto.

Pero todavía no he escuchado esa misma explicación antes de que Torra haga exactamente lo mismo –o cuando los consellers Budó y Buch castigaban a la audiencia con su monserga diaria–, lo cual me intranquiliza, porque soy un asiduo de la televisión pública catalana desde la adolescencia. Salvador Alsius, Mònica Huguet y compañía no forman parte de mi patria infantil, pero casi.

Como ciertos botarates de la política, la educación y la comunicación a esa fidelidad televisiva la llaman estar adoctrinado, me molesta sobremanera que algunos se empeñen en darles motivos.

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