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«Se echa de menos un jardín»

Confinamiento en 45 metros. La familia cambrilense que forman Juan, Deborah e Isabel viven alejados de las grandes casas

Marc Libiano

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Isabel, Deborah y Juan, la familia cambrilense.  FOTO: CEDIDA

Isabel, Deborah y Juan, la familia cambrilense. FOTO: CEDIDA

El confinamiento obligado que provoca la pandemia del coronavirus expresa también el sentido de la vida. No es para todos igual. Las grandes superficies aligeran mejor las esperas. Las pequeñas, acentúan la ansiedad. Una cuarentena en un chalé de 100 metros cuadrados con jardín y piscina hace más soportable la vida en el encierro. En cambio, para una familia de tres personas, hacerlo en un piso de poco más de 50 metros resulta, cuanto menos, incómodo. Les ocurre a Juan Peláez y a Deborah Lobo, también a la pequeña Isabel, de once años. Hace cinco que conviven en Cambrils, en un hogar de poco espacio, aunque no se quejan. Su vida implica valorar lo que tienen y pelear por un futuro mejor. Eso sí, «en casos extremos como el actual, se echa de menos un jardín», aseguran en días de cultivar la paciencia.

Dos personas en un piso de 76 a 90 m2, así se confina la media de los tarraconenses

"¿Que cuánto mide mi piso? Estoy de alquiler y nunca me lo había preguntado. Lo único que sé es que cada día de confinamiento lo veo más pequeño", cuenta Elvira, que vive junto a su marido en un bajo cerca de El Corte Inglés.

Juan es autónomo y ejerce como montador de cocinas, disfruta de buena prensa en su oficio. La grave situación económica le obliga a intentar seguir con la rutina laboral siempre que la normativa lo permita. «Voy algunas mañanas, pero todo está parado y muchos días tengo que quedarme en casa», refleja. La familia intenta ocupar las horas con una rutina de actividades. Por la mañana hay espacio para limpiar la casa y para que Isabel invierta parte de su tiempo al estudio. De origen brasileño, la joven habla el catalán como si fuera su idioma nativo. El cambio de vida no le ha conllevado un problema de adaptación. Todo lo contrario. Alejada de sus amigos del colegio y del baile, una faceta que ha explotado en Cambrils, soporta las horas de espera como bien puede.

Deborah dedica el día a día a su rutina de entrenamiento físico, algo que ha reemprendido de nuevo durante estos días de cuarentena, una vez no puede acudir al trabajo debido a la normativa del estado de alarma. Desde que se desplazó a Cambrils, ha necesitado apoyarse en la oferta que ofrece la hostelería para disponer de empleo y de sueldo. Con el coronavirus en plena efervescencia, ese sector se ha convertido en uno de los más dañados por la pandemia.

Por las tardes hay sesión de Netflix en el piso de esta familia cambrilense. Se consumen horas ante el embrujo de las series más emblemáticas de la plataforma. Incluso Juan decide dedicar atención al trabajo menos agradecido del autónomo, el de oficina, entre presupuesto y presupuesto, y sin saber qué futuro le va a deparar a la economía del país una vez finalice la pesadilla del coronavirus.

Esta familia cambrilense no lanza dardos de resentimiento contra nadie, ni se abandona en lamentos, simplemente se mantiene con los recursos que dispone y soporta una situación inesperada para todos. Incluso para aquellos que necesitan sobrevivir en espacios reducidos y sin la comodidad de las grandes superficies.

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