Ocho edificios de TGN, a punto de caer sin que los vecinos puedan repararlos

Los bloques de Cobasa dejan a la vista el esqueleto de metal. Están así desde hace ocho años, cuando se ‘picó’ la fachada para evitar desprendimientos. Los vecinos piden ayuda urgente al Ayuntamiento 

Norian Muñoz

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Los balcones de los bloques lucen este aspecto desde hace más de ocho años y se temen nuevos desprendimientos. FOTO: alba mariné

Los balcones de los bloques lucen este aspecto desde hace más de ocho años y se temen nuevos desprendimientos. FOTO: alba mariné

En el barrio de Campclar los conocen como los bloques de Cobasa; se quedaron con ese nombre por la empresa que los construyó allá por 1979.  Son ocho edificios que forman una U y lo primero que salta a la vista es que para poder acceder a algunos de los portales es necesario estudiar bien la entrada: el acceso por la acera está cortado y hay que pasar por los jardines, por debajo de una especie de pérgola hecha con una malla de seguridad. Todavía quedan restos de las cintas plásticas que colocaron los bomberos antes de las fiestas de Navidad a modo de advertencia. «Nos dijeron que no se podía pasar por aquí, que si había cualquier problema sería bajo nuestra responsabilidad, y así se quedó», apunta María Dolores Mirás, presidenta de la asociación de vecinos La Cuarta, que funciona en uno de los bajos.

Este es el enésimo capítulo de un drama que dura ya más de 8 años y que salta a la vista cuando se mira hacia arriba. Las fachadas dejan al descubierto el «esqueleto» de los edificios. Las vigas de hierro oxidadas simulan, desde abajo, una especie de enorme sutura a la altura de los balcones.

En 2011, en vista de las grandes grietas que recorrían los edificios y que causaban riesgo constante de desprendimientos, el Ayuntamiento de Tarragona contrató a una empresa para que ‘picara’ las fachadas y solucionar así el problema inminente de que cayeran cascotes. «Trabajaron durante tres días, sin mediar palabra y como vinieron se fueron y no les hemos vuelto a ver», recuerda Mirás.

Preocupados por el riesgo

Sonia Moreso, vecina de uno de los edificios más afectados, cuenta que después de esos trabajos para retirar los trozos de hormigón que colgaban de las fachadas el Ayuntamiento embargó las cuentas de las comunidades implicadas para pagar el coste de los trabajos. Ya han terminado de saldar la deuda, pero en su edificio denunciaron al consistorio ante los juzgados por una obra que consideran que estaba mal ejecutada, pero también con la intención de salvar su responsabilidad en caso de accidente, pero la denuncia no ha prosperado.

Esa es una de las grandes preocupaciones de los vecinos, como relata Mirás: que las fachadas lucen ahora peor aspecto que cuando se intervino sobre ellas en 2011. «Si un cascote mata a alguien queremos saber quién es el responsable», explica.

Promesas electorales

Ester Poncelas, otra vecina que fue de las primeras en venir a vivir a los pisos de protección oficial, dice enfadada que «nos sentimos abandonados». Los vecinos recuerdan que el alcalde ya les ofreció ayuda en 2007, antes de ganar las elecciones. También guardan un recorte de prensa de 2013 en el que puede leerse que «Ballesteros se compromete a poner fin a la degradación de las viviendas de Cobasa... Asegura que se realizará un estudio para saber la causa de las numerosas grietas». Hoy no hay noticias del anunciado informe y desde el Ayuntamiento tampoco se pronuncian. 

El problema principal, explica Mirás, es que, después de la crisis, la situación económica de las familias que viven en los bloques ha quedado más tocada, si cabe, y eso se nota, especialmente en las cuotas de la comunidad. En cada escalera hay 24 pisos y una vecina que toma un café en el bar cuenta que en su comunidad sólo pagan 4. En la comunidad de Moreso son 7 los que pagan. Y así sucesivamente. En la escalera 2, la más afectada, les hicieron un presupuesto de 44.000 euros para sanear la fachada. «Sale a  2.000 euros por piso, es mucho dinero, pero tal vez se podría conseguir un crédito para pagarlo a plazos, pero la realidad es que las comunidades ni siquiera pueden plantearse hacer las obras porque el porcentaje de los vecinos que paga es mínimo».

El barrio, y en particular este conjunto de bloques, fue duramente afectado por los desahucios y hoy un buen número de pisos está en manos de los bancos, que tampoco están al corriente de los pagos de la comunidad. Los okupas, además, están a la orden del día, como queda a la vista en los cuadros eléctricos, llenos de empalmes.

La situación no es, ni mucho menos, exclusiva de estos bloques, como explica un administrador de la propiedad consultado, quien relata que el problema se repite en todo el barrio. Cobrar a los bancos, señala, no es fácil, y muchas veces usan subterfugios para no poner los inmuebles a su nombre. 

La gran presencia de okupas es fácil de comprobar incluso si se busca algún edificio en venta en el conjunto. Encontramos uno que se anuncia que «consta de salón-comedor, cocina con galería, 3 habitaciones y 1 baño» por 54.000 euros. Eso sí, hay que ir al apartado de las fotos para encontrar un cartel que pone «inmueble ocupado».

Otra vecina, que prefiere no dar el nombre, reconoce que la convivencia se ha deteriorado de manera acelerada, «ya no sabes quién vive a tu lado. Me he planteado muchas veces vender y salir de aquí, pero, ¿quién va a comprar un edificio en esas condiciones?», dice mientras señala las fachadas. En algunas, las que están desocupadas, las palomas se acumulan en gran número. El dueño del bar que está en una de las esquinas también muestra su desesperación. El acceso a su local es uno de los afectados por las vallas que pusieron los bomberos y que nadie sabe cuándo quitarán. «No puedo poner la terraza, ni sé cuándo podré», se lamenta.

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