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Espacios cerrados, espacios secuestrados

La ciudad dispone de numerosas zonas –muchas de ellas verdes– de propiedad pública que, sin embargo, no se pueden visitar

Enric Casanovas

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Tarragona! Esa maravillosa Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, es una ciudad que se la ama. Pero a veces, se la llega a odiar. No por no quererla, sino por lo poco que se quiere a sí misma. Tarragona es un paciente en el diván de un psicoanalista que le saca la pasta y no la ayuda a andar sola. Nadie le dice al paciente cómo salir del trauma y revivir otra vida. 

Hoy me he despertado de pleno en 2018. Y me da la sensación de que ha pasado demasiado tiempo desde que pensé que los males urbanísticos de esta ciudad son como una rémora pegada a una ballena. Los males tienen nombres y apellidos. Y si cabe, irresponsables. Aunque esto de la responsabilidad no me tira y me va mas el remedio que la enfermedad. Me va más la marcha de políticas atrevidas, ágiles y vocacionales que aquella lógica latina del «parlare e non fare niente».

Los ciudadanos están tan hartos de palabreo que nadie ve una salida rápida y elegante

Hoy les dedico un mapa de manchas amarillas. Ni son todas ni las que hacen falta para entender la magnitud de tal tragedia. Me guardo cartas en la manga. Si no ases para explicarles a lo largo de este año del calibre de este infame daño a la ciudad.
Sólo analizando unos de los cuantos espacios cerrados, de carácter urbano y naturaleza como espacio libre, esta ciudad tiene cerrados a sus habitantes unos 260.218 m2 de suelo. O lo que es lo mismo, más del equivalente a toda la parte antigua de la ciudad.

Durante décadas

Ninguna ciudad con dos dedos de frente se puede permitir el lujo de cerrar espacios al ciudadano en nombre del patrimonio público y durante décadas. Llega a ser amoral ver como los espacios más bellos y emblemáticos de esta ciudad, algunos de ellos perfectos jardines urbanos o paradigmas del turismo sostenible, siguen cerrados por decisiones políticas. Algunas, son decisiones de calado político local. Y otras, se me antoja que son decisiones externas que mellan el potencial de esta ciudad. Es como tener en prisión espacios públicos, sometidos a la privacidad de libertad y privados de ser pisados por el ciudadano. 
Cuanto menos, esta dictadura que somete a los espacios públicos a estar cerrados merecería algún lazo no amarillo por no decir blanco; de paz. Me atrevería a cualificar estas decisiones políticas como perfectamente orquestadas para desballestar esta ciudad y relegarla al lugar que ocupa cuando podría ocupar uno de los lugares más destacados del panorama nacional e internacional de un turismo de calidad.

En este primer «deguste» agridulce del urbanismo a gran escala en esta ciudad nos debe hacer reflexionar cómo es posible que la sociedad civil tarraconense no tome auténtico protagonismo en el asunto y exija la rápida apertura de estos espacios; la mayor parte de ellos grandes jardines. Llego a la conclusión de que los conciudadanos están ya tan hartos de palabreo que nadie ve una salida rápida, elegante, inteligente y digna. Reuniones, mesas, concursos, comisiones y un sinfín de expertos que dejan más agónicas las ubres de esta ciudad sin soluciones. 

Resulta paradójico que el patrimonio público municipal y de la Diputació estén vallados y privado del acceso público. Alguna cosa me dice que en una línea suficientemente profunda de análisis legal algo falla y muy gordo. Cuesta entender que el límite entre propiedad pública y privada lo someta la administración a espacios que son de la ciudad y no pertenecen ni a los políticos, ni a corporaciones municipales ni a nadie más que a esta ciudad.

Es por ello que en esta dura crítica a las administraciones y corporaciones locales por esta dejadez y secuestro patrimonial, debería convocar urgentemente un cónclave entre los principales agentes para tomar decisiones a escala de los tiempos, de los acontecimientos y de las necesidades futuras de esta ciudad. No podemos gastar unos 49 millones en un mercado y no atrevernos a destinar cantidades mucho más pequeñas para reabrir, gestionar, comprar o ceder al sector privado la explotación de espacios que las administraciones han enterrado vivas. Sólo un apunte final para navegantes.

La ciudad residencial se compone de edificios varios en diversos recintos. Algunos en primera línea de mar y en explotación comercial supuestamente privada. ¿Alguien lo puede explicar?. ¿Dónde están las excepciones que confirman la regla?

Portal de transparencia

Quizás ha llegado la hora de que las administraciones públicas cuelguen de su web y más concretamente de su cada vez más «inevitable» portal de transparencia una relación completa, clara y concisa de propiedades y ubicaciones correctamente georreferenciadas  para que el ciudadano pueda analizar a fondo qué sucede con ellas. Ahora más que nunca, la ciudadanía debería darse cuenta que esta supuesta «usurpación» de la propiedad pública para tenerla enjaulada y cerrada a su suerte es una espacio robado a la ciudad y a sus ciudadanos.

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