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Los vecinos de Calafell salvaron el sanatorio

De haber sido referencia para la cura de niños, pasó a estar en riesgo de derribo. 

José M. Baselga

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El sanatorio de Calafell fue de los mejores de Europa

El sanatorio de Calafell fue de los mejores de Europa

De Cruset, presidenta de Sección de Beneficencia de Acción Femenina, impulsó una recogida de limosna para construir el sanatorio de Calafell. En muchos establecimientos de Barcelona hubo cepillos para ayudar a la obra.

La idea fue del médico Joaquim Riba Sans. El clima marino beneficiaría a niños con enfermedades óseas y procesos tuberculosos que trataba en Barcelona la orden de Sant Joan de Déu.

Niños en la terraza del sanatorio para tomar baños de sol.

Francisco de Paula, de la orden hospitalaria, decidió en 1923 comprar la finca para que los niños viviesen unos días junto al mar. El clima beneficiaba a la cura con reposo, helioterapia, aireación y buena alimentación.

Josefa Sampere Rodés, hija de los marqueses de las Franquesas, donó al Instituto de San Juan de Dios la tercera parte de su herencia, de unos tres millones de pesetas. Las obras del sanatorio costaron dos millones y medio.

Las salas interiores.


El 28 de noviembre de 1926 se puso la primera piedra. Acudió la esposa gobernador civil de Barcelona, Teresa Pino y autoridades civiles y militares de Barcelona y Tarragona. Poco después fue inaugurado por los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia.

Calafell se implicó con el sanatorio y los niños. Muchos vecinos fueron atendidos allí. Los pescadores llevaban cada día cajas de sardinas. El locutor de radio José Maria Tarrasa con su programa Limosna de amor en Radio Tarragona  ayudó a los pequeños.

El acceso y plaza trasera del sanatorio.  


El edificio estaba construido sobre pilares para una total aireación y que las mareas pasasen por debajo.  
Tenía dos sótanos. Uno bajo la cocina y otro para la calefacción central. Contaba con cuatro salas de 24 camas cada una. Dos en la planta superior y dos en la planta baja. Entre las salas había un salón para cobijar a los enfermos en caso de mal tiempo y para recreo, dar clases y conferencias.

En un extremo del edificio estaba el comedor para los niños que no guardaban cama, la cocina y la despensa. En el extremo opuesto, la sala de operaciones, vendajes, esterilizaciones, rayos X, especialistas, laboratorio, farmacia y la cámara oscura. En el primer piso estaba la clausura de los hermanos.

Calafell estaba muy implicado con el sanatorio.

Las camas eran altas para facilitar las curas y con ruedas para llevarlas a las galerías. Tenían una sombrilla para proteger a los niños del sol. La capilla tenía una altura de tres pisos y con amplios laterales para las camas.

Los avances de la medicina y la llegada del turismo llevó al cierre del edificio, que fue vendido a finales de los sesenta.

Los monjes atendían a los pequeños.

Lo compró una agencia de seguros que quebró. Pasó entonces a una compañía liquidadora de agencias de seguros. Cuando los propietarios recuperaron la propiedad vendieron el edificio.

Lo adquirió entonces la empresa Rosma que pidió el derribo con la intención de edificar en el privilegiado solar que quedase frente al mar. 
El viejo sanatorio ya era casi una ruina. Saqueado, expoliado y víctima de incendios. Pero los vecinos de Calafell se oponían a perder ese símbolo.

Las movilizaciones impidieron el derribo y finalmente el Ayuntamiento de El Vendrell, ya que  el sanatorio estaba en su término, lo catalogó como bien de interés local. Cualquier cosa que se hiciese pasaba por preservarlo.

Para Calafell el sanatorio es más que un símbolo.

Se planteó una residencia, lo vistió Paradores Nacionales y una universidad, pero no acababa de haber un destino mientras continuaba la degradación. Finalmente lo adquirió la empresa Amrey, que levantó el hotel que es hoy.

Mosén Miquel Castillejo fue uno de los que acudía al sanatorio. En el libro de Basco recuerda que «durante los años 60 y 70 del pasado siglo iba cada domingo al sanatorio para hacer tareas de voluntariado y a la hora de la santa misa, como llevaban todas las camitas de los niños acogidos, tocaba el harmonium para acompañar los cantos del oficio. Todos los niños  querían estar cerca mío para ver cómo tocaba».

Castillejo tocó en la última misa que se ofició en el sanatorio. «Lloré con el hermano Valerià. Todavía guardo el libro de música  que me dio el Superior. Fue una lástima que los hospitalarios se fuesen de Calafell».

Mira qué ocurrió aquella jornada trágica:

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